Muchacha en una ventana (Salvador Dalí 1925)

viernes, 12 de noviembre de 2010

RENTABLE ESTUPIDEZ


       Es muy posible que la estupidez haya estado asociada al ser humano desde el principio de los tiempos, y más que probable que siempre haya sido utilizada por los más avispados como una buena oportunidad para conseguir, a costa de los demás, muchos de sus propósitos. No es, por tanto, una tara que se haya instalado recientemente en nuestra sociedad, sino un invisible estigma incrustado en nuestra genética desde los tiempos de Adán y Eva, probablemente unido a otros males que Dios les aplicó, a título de castigo, al expulsarlos del Paraíso, o, si se prefiere, para los más proclives a la teoría de Darwin, un antecedente heredado de los monos. Ya Albert Einstein, considerado como el científico más relevante del siglo XX, había hecho una reflexión a este respecto, llegando a afirmar que solo dos cosas son infinitas, el universo y la estupidez humana, estando más seguro de lo segundo que de lo primero. No hace falta más que observar el diario devenir de los hechos, usos, costumbres y comportamientos de nuestra especie, para poder aceptar, sin demasiadas reservas, esta proposición como un axioma.

Pablo Picasso
       El Expresionismo de Erich Heckel,  el Cubismo de Picasso o  el Surrealismo de Salvador Dalí, entre otros, entendidos como deformaciones oníricas de la realidad, difícilmente interpretables más allá de la imaginación de sus propios creadores, y cuyas obras fueron y son ensalzadas y bendecidas con fruición hasta por los que no alcanzan a ver, ni mucho menos a entender, su contenido, solo por temor a ser tachados de necios o incultos, son ejemplos palmarios de la sabia utilización de la estupidez de los mortales para alcanzar la gloria terrenal de unos a costa de la candidez y estulticia de otros, amén de la obtención de pingües beneficios para  mayor satisfacción de todos los directamente involucrados en este más que lucrativo negocio

"Sin Título"
     Viene todo lo anterior a colación de los astronómicos e inexplicables excesos que, a juicio y razón de  una mente lógica y normal, se están cometiendo en las cotizaciones de algunas obras subastadas recientemente en las más afamadas galerías de arte del planeta Tierra, y que, desprovistas del tirón mediático de sus autores, amén de la inteligente y bien dirigida labor de marqueting desarrollada por sus tenedores, tendrían dificultad para ser colocadas en cualquier modesto rastro por unos pocos euros. La obra de Andy Warhol, padre del llamado Pop Art (movimiento artístico que se caracteriza por el empleo de imágenes de la cultura popular, tales como anuncios publicitarios, cómics, etcétera), titulada “Men in her life”, que representa una sucesión de fotogramas con el denominador común de una dama, como si se tratase de una tira cinematográfica, subastada en Nueva York por más de 63 millones de dólares; el lienzo titulado “Coca Cola 4”, del mismo autor, que reproduce una simple botella  de esa bebida, junto al anagrama comercial de la marca, adjudicado por 31,5 millones de dólares, así como la extraña obra “Sin título”, de Mark Rothko, miembro del llamado expresionismo abstracto estadounidense, que, a criterio del director de arte contemporáneo de Sotheby´s, hace sentir de una manera muy obvia el sol a través de sus tonos amarillos y rojizos y transmite una gran energía positiva (declaraciones, supongo, realizadas en un momento de profunda alienación freudiana), y que, sin otras referencias, perfectamente podría tomarse por la obra de un anónimo escolar practicando con su caja de acuarelas, vendida en 20 millones de dólares, son, por mencionar solo algunos ejemplos, claros exponentes de lo anteriormente manifestado.


"Coca Cola 4"
       No es fácil de entender, sin recurrir a la acertada reflexión del científico alemán citado, como se pueden atribuir tan desorbitados valores a cosas tan banales, al tiempo que se menosprecian otras tan importantes como la abnegada labor de tantas personas que, con su diario quehacer, muchas veces precariamente retribuido, hacen que el mundo funcione, progrese y avance. No se debería tolerar, desde el más elemental concepto de justicia, que se dediquen tan ingentes cantidades de recursos económicos a tan extravagantes veleidades, la mayoría de los casos por absurdos caprichos personales, mientras millones de semejantes no tienen cubiertas ni siquiera sus necesidades más vitales.


C. Díaz Fdez.
                                                                                Oviedo, 12 de noviembre de 2010 

lunes, 8 de noviembre de 2010

PARA OLVIDAR

VERGÜENZA AJENA

    Sí, vergüenza ajena es lo que, en este  momento,  debe sentir cualquier español con un mínimo de sentido común y una mínima capacidad de raciocinio, ante la impresentable actitud del Presidente del Gobierno y el bochornoso espectáculo que algunos individuos protagonizaron con ocasión de la visita que Benedicto XVI realizó el pasado fin de semana a Santiago de Compostela y Barcelona. No se puede estar más desafortunado, en el primer caso, ni se puede dar una imagen más deplorable en el segundo.

    Se puede estar más o menos de acuerdo, y hasta en total desacuerdo, con lo que hoy día representa la Iglesia Católica en el mundo. Se puede censurar, con la máxima dureza, a aquellos miembros de esta comunidad que, amparados por la hipotética impunidad que les confería el hábito, han cometido toda serie de desmanes y tropelías, con la complicidad, por activa o pasiva, de las jerarquías eclesiásticas que debían haber puesto freno a tamaños desatinos; pero tampoco se debe olvidar la labor abnegada de otras personas, no pocas, que, bajo la misma bandera, han estado y están entregando sus vidas en favor de los demás, sin pedir nada a cambio, movidas solo por la fe y su amor al prójimo.  Se puede ser creyente, agnóstico, ateo o lo que pinte, aceptar o discrepar sobre unos principios, converger o divergir con un determinado credo, aceptar o rechazar una idea, etcétera; todo ello lícito, sin duda, siempre que se haga con las formas debidas y desde el más elemental respeto a los que piensen o actúen de otra forma. Aquellos que tratan de defender una postura sin más argumentos que el ruido, con ultrajes y agravios, atropellando a los que no la comparten, y, además, lo hacen proclamando su libertad, manifiestan, de manera inequívoca, que son los que menos la merecen.

Las manifestaciones de Santiago, protagonizadas por un grupo regionalista bajo la pancarta de “Galicia Laica”, pretendiendo transmitir su malestar por el oneroso dispendio  que, para las arcas de la Xunta, ha supuesto la visita del Pontífice, ignorando los beneficios económicos que de ella se derivarán para la ciudad, sin duda muy superiores a los gastos (se calcula que la cobertura de televisión alcanzó a más de 150 millones de espectadores), han puesto en evidencia el radicalismo y la ceguera de sus promotores. En nombre del laicismo, ¿por qué no piden que se cierre la Catedral? ¿Cuántos negocios cerrarían en Santiago, y en cuanto se reduciría el potencial turístico de la ciudad sin el tirón del Apóstol? Juguemos limpio o no juguemos. En cuanto a Barcelona, y en otra línea, lamentable y grotesca la actitud del grupo de gays que, ayudados por un quídam italiano, “payaso” de profesión (como si no tuviésemos en España “payasos” suficientes para estas sandeces) protagonizaron las escenas más obscenas de cuantas jalonaron la visita papal. Por último, qué decir de nuestro Presidente que, ni sabe ser, ni sabe estar. La torpeza de su ausencia en unos actos de obligada asistencia, descalifica, si no lo estaba ya suficientemente, a quien no está preparado para manejar el rumbo de la nave que los españoles, los que quisieron y los que no, pusimos en sus manos. El mísero “despacho” que, a toda prisa, hizo al Papa en el aeropuerto, no salva ni siquiera los muebles.

    El sucesor de San Pedro, que representa a más de mil millones de creyentes, se merece, sino la admiración de algunos, al menos el respeto de todos. España, como nación, con un alto porcentaje de católicos, debería de haber dado una mejor imagen al mundo. Se ha perdido una buena ocasión. Esperamos que sea la última.

C. Díaz Fdez.
Oviedo, a 8 de noviembre de 2010

domingo, 7 de noviembre de 2010

LA VIDA VISTA DESDE UNA COLA


Por: Constantino Díaz Fernández

 
    Desde los más lejanos tiempos perduran en mis recuerdos las largas filas de personas que, por una u otra razón, permanecían, en ordenada y protocolaria cola, esperando su vez para acceder a un producto o servicio, desde los más elementales, como podía ser esperar a ser atendidos para recoger el pan con su cartilla de racionamiento en la mano, hasta los más solaces, como aguardar su turno para adquirir una localidad que les permitiera el acceso al cine, teatro, circo etcétera, pasando, claro está, por un sinfín de casos intermedios. Año tras año, infancia, adolescencia, juventud y madurez, he visto como la gente ha venido arrostrando con esta impuesta costumbre que, a fuerza de ejercicio, se ha convertido en práctica habitual.

     A mi manera de ver y entender, la necesidad de “ponerse a la cola” para casi todo, siempre me ha parecido más una forma de humillar que de dignificar al ser humano, acercándolo más al ser irracional que al reconocimiento de sus valores. No es que no admita, de forma frontal e irreflexiva, que el aguardar un turno para acceder a algo concreto, en un momento determinado, sea necesario; lo que no es admisible es que las personas, además de perder gran cantidad de su tiempo disponible, siempre escaso, se coloquen en fila india, como si de borregos se tratara, para tener acceso a  aquello que precisen,  que, o bien les pertenece por derecho, o bien van a pagar religiosamente por ello. El hecho de que cuando se pregunte a alguien por algo, se le conteste con un “póngase a la cola”, es ya de por sí denigrante.

     Siempre había creído, y esperado, que la modernización de la gestión, en todos sus aspectos, apoyada por el impulso de la informática y las nuevas tecnologías, podría terminar con las viejas y anacrónicas colas, haciendo el ejercicio de esperar turno, cuando fuese necesario, mucho más racional, ético y estético; pero, para mi frustración, la realidad ha venido a dar al traste con mis esperanzas y, hoy día, a pesar de estar ya bastante introducidos en el siglo XXI, aún no nos hemos liberado de este mal; es más, parece que estamos volviendo al principio.

     Puedo apoyar lo anteriormente indicado con un simple ejemplo de un día normal, acompañando a mi esposa en unas gestiones bastante cotidianas:

<> A primera hora, cita con enfermería en su centro de salud (solo necesitaba una toma de tensión arterial). La espera se prolongó en más de una hora; no parece que sea excepcional pues la anterior visita ocurrió lo mismo. Acto seguido, a formar cola para pedir cita para el médico: total 20 minutos. Posteriormente, a realizar una gestión simple al banco; como no había ningún gestor disponible en ese momento (también tienen derecho a tomar el café, tocó esperar 30 minutos. Acto seguido a realizar la compra en un supermercado: cola para coger el pan; cola para coger la fruta; cola para el pescado (eso sí todo con el número en la mano), y por último cola para pasar por la caja registradora. En total, para coger 6 artículos, que se despacharon en unos 15 minutos, el tiempo total empleado aproximadamente 1 hora. En resumen, que para lo que solo se hubiesen necesitado algo más 40 minutos, se requirió emplear más de 3 horas y 15 minutos. Menos mal que ha sido un día de pocas necesidades, que si hubiese sido uno de los más ocupados no nos hubiese quedado tiempo ni para comer. Si extrapolamos esto a todos los días del año en los que tenemos que hacer algo más o menos parecido, los resultados que arrojaría serían sorprendentes, llegando a la triste conclusión de que pasamos una parte muy importante de nuestra vida de forma absurda e irracional.

           No se trata de exacerbar las cosas, pero creo que el tema merece, cuanto menos, una reflexión. Si solo una pequeña parte del tiempo que se pierde, de forma tan absurda y lamentable, se emplease en algo productivo, seguro que podríamos elevar nuestro PIB en algunos enteros, y, además de evitar que la gente se vuelva cada vez más feróstica, mejorar nuestra calidad de vida, consiguiendo un mejor estado de ánimo y bienestar. Si se cree que ello es conveniente y necesario, ya habremos dado el primer paso en conseguirlo.


Oviedo, a 2 de octubre de 2010